OPINIÓN

Mientras tanto, las uñas...

Por Laura Costa

Resulta que ahora tampoco puedo comerme las uñas, ese ritual tan privado que hacía siempre que esperaba el colectivo o cuando me sentaba en alguna plaza a leer. Tampoco puedo sentarme en una plaza a leer.

Y para remediarlo, juego a Hansel y Gretel. Escondo miguitas por diferentes lugares de la casa, entonces cuando me ataca la ansiedad, voy mordisqueando miguitas, crocantes, doraditas, que no saben a lavandina ni a lisoform.

 

Diseño un camino cada día, y las distribuyo por diversos rincones, al lado de los libros, sobre el escritorio de la computadora, en la mesita de luz; sí porque de noche, cuando se va la ansiedad y llega el insomnio, presiento que un omnipresente ojo “gran hermano” va a descubrirme mordiéndome las uñas debajo del acolchado, entonces recurro al montoncito de migas dispuestas sobre la mesa de luz y las mastico, así con los dos dientes grandes, como cuando me mordía las uñas, y el mundo parecía recobrar el sentido.

 

Algunos días pienso que si tal vez volviese a morderme las uñas, el mundo recuperaría su modo de ser, volvería a una suerte de normalidad, si pudiese llamar “normalidad” a la forma alocada en la que vivíamos, la única que conocíamos.

En ese mundo los abrazos eran normales. Ahora también nos han quitado los abrazos, y las fronteras se hicieron tan estrechas que comienzan en el límite de la puerta de nuestras casas, y todo lo que esté allá afuera, es remoto, peligroso, nocivo.

 

Otros días, no sé cómo disimular la tristeza que se escapa generalmente cuando pelo las cebollas, entonces ensayo como voy a abrazar a mamá, a papá, sin llorar, para que no se preocupen, aunque les diría alguna palabra bálsamo, que ya todo pasó, que estamos juntos, que estamos bien.

 

Pasa que mamá cree que me voy a quemar en el fuego del infierno, cuando esta luz se apague, por mi multiplicidad de dioses, diosas y rituales. Entonces ella desde allá ora por mi alma para preocuparse menos, mientras yo aquí encerrada, presa y con las uñas tan largas que hasta puedo rascarme la espalda, medito y respiro al son de la tierra.

 

Parece que la tierra también está en silencio, o quizá nosotros nos hemos silenciado para escucharla; porque tampoco sirve tanto cacareo, nos callan, nos mutilan, los brazos, el aire que ahora se esconde debajo de un barbijo, las palabras.

Miro por la tele, pilas de cuerpos inertes, y pienso en esas vidas que han quedado a mitad del camino, en los sueños que se torcieron a medio construir, en las palabras que no se dijeron; víctimas de sus cadáveres, almas errantes buscando el abrazo final, la señal de la cruz, la vida eterna. Y se me enredan las manos con las uñas tan largas, las palabras quedan atoradas a las puntas de mis dedos que se resisten a teclear, que no pueden teclear, decir aquello que los retuerce, que a veces anuda la voz y otras veces la libera; entonces miro para ambos lados, para cerciorarme de que nadie me vea, y me chupo el dedo índice, la yema, y pego las miguitas que he dejado desperdigadas por allí, por donde me atacó la angustia, la tristeza.

 

Si tomo mates en el jardín dejo miguitas para las hormigas y me entretengo mirándolas trabajar, levantar una miguita y llevarla al hormiguero, un camino nada fácil, porque entonces aparecen unos pequeños pichoncitos azules que revolotean alrededor y se roban el botín. Somos una tribu que dependemos de las miguitas nuestras de cada día, cada quien toma lo que necesita y se retira hacia su aséptico metro cuadrado, sin brazos, sin aire, sin palabras, pero con las uñas larguísimas, perfectas, para cuando todo esto termine, darme un atracón o alcanzar un nuevo récord de Guiness.

 

 

Laura Costa

Escritora

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