OPINIÓN

La Ciénaga. "Un cuento para mujeres"...

Por Laura Costa

Cuando decidimos ir a La Ciénaga, lo primero que pensé fue en Lucrecia Martel y su película, en los caminos recorridos para llevar el mensaje a la pantalla grande, tan grande como el cielo que, desplumando sus alas, se abría enorme ante nuestros ojos, hambrientos de emociones y paisajes.

En eso consistía esta nueva etapa de nuestras vidas, en vivir al máximo cada día, en sumergirnos en los paisajes, en los aromas de los lugares nuevos como quien mete la cabeza adentro del horno para oler el bizcochuelo. Así también huele desde entonces nuestra casa. La nueva casa.

 

Íbamos en dos autos, a la velocidad que la ruta nos permitía, guardando la prudencia suficiente por respeto a nuestras hijas y sus vidas sobre todo. Al cruzar de Salta a Jujuy, el sol iluminaba San Pedro, a pesar de ser los primeros días de Abril, los primeros de muchos días de un otoño escurridizo que no terminaba de llegar, para malestar nuestro y la alegría indescriptible de los mosquitos que pululaban por doquier. El Carmen y sus callecitas adoquinadas. Esquinas antiguas, virgencitas y santos, nos contaban en cada recodo del camino que estábamos en el norte de este bendito País, palabra que siempre escribo con mayúscula porque es el nombre propio de mis raíces, de las nuestras. Era contar las horas, dos apenas, hasta llegar; mientras mis niñas en el asiento trasero del auto, se tiraban del cabello, se sacaban la lengua, para llorar cinco minutos y cinco minutos después, abrazarse y reír juntas.

 

El paisaje teñido de verde y los carteles, indicando en esa cuenta regresiva tan necesaria para acortar el camino -cuatro kilómetros, tres kilómetros, dos kilómetros- mitigaban nuestra ansiedad y aumentaban nuestras ganas de comer y el ruidaje de nuestros estómagos vacíos. Íbamos a comer pejerrey, el prometido y ansiado pejerrey del sábado de gloria, el símbolo de la vida eterna, la Palabra al decir de Borges.

 

En estos tiempos de inmediatez virtual, resulta casi imposible concebir la pasión de Jesús sin una selfie que la acredite, del mismo modo que resulta casi imposible guardarse en oración esos días santos, de modo que aprovechamos –y me incluyo ya que no me cabe tanta hipocresía- para hacer turismo. La Pascua ha pasado de ser un paso a nuestro interior a un paseo por diversos lugares que promocionan todo tipo de ofertas, entre ellas, pejerrey, trucha, salmón, rabas.

 

Un espejo enorme reflejaba la montaña, esa nariz que se levanta desde la tierra para oler el aire, para saborear los guiños de la noche, para bañarse en la luna llena. Pequeñas barcazas paseaban a turistas ávidos de aventuras y de fotos, mientras las abejas trabajaban sin cesar desde los platos que iban quedando sucios en las mesas del restaurante, hasta sus colmenas. Pájaros, mariposas y un gigante dormido, cuyas ramas se habían inclinado ante el gran espejo en señal de reverencia, conformaban el paisaje de ese nuevo lugar que nos recibía.

 

Nos sentamos alrededor de una gran mesa en el único restaurante abierto y luego de estudiar la carta, y saborear cada plato por anticipado, pedimos múltiples porciones de trucha, salmón, pejerrey y papas fritas; que comimos con gusto y desenfreno, acompañado con un par de cervezas “polarizadas” como decimos por mis pagos, para calmar tanto calor  a destiempo.

A pesar de vernos comer con tantas ganas, mis niñas no querían saber nada con el pescado, cuyo aroma entraba a su cuerpo antes que el sabor, imposibilitando todo el disfrute de aquellos manjares tan nuestros.

 

Apenas picaron unas papas fritas salieron a jugar a orillas del dique, para volver al rato muertas de calor y de hambre. Íbamos entonces por la segunda porción. La segunda ronda de manjares acuáticos era servida ante nuestros ojos, mientras mis niñas miraban con cara de horror. En eso tuve un ataque de feminismo, que cualquier feminista criticaría, y en una cuestión de género, poco ortodoxa pero increíblemente efectiva, les dije “¡Miren este pescado!! ¡Es rosita! ¡Es para nenas!!” y sin dudarlo se devoraron lo que quedaba del salmón para pedir luego un tercer plato que disfrutamos juntas.

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