MUJER DESTACADA JUNIO 2020

Inga Iordanishvili

MÚSICA MÁS ALLÁ DE LAS FRONTERAS

Claramente Inga no es salteña, pero con tantos años aquí ya la podemos considerar una más de nuestra tierra. Es violinista de la Orquesta Sinfónica de la Provincia de Salta desde sus comienzos en el año 2001, creó la Camerata Stradivari y su Fundación participó en la formación de las orquestas infanto-juveniles (Ex Bicentenario). Es directora de la orquesta “La Tempestad” del barrio Santa Ana, es profesora de la cátedra de violín de la UCASAL, obtuvo el premio MUJER otorgado por la Fundación Padre Martearena, da clases particulares y formó a un sinnúmero de músicos que hoy a su vez son maestros, y enseña a niños en situación de calle aportando sus propios recursos. Recientemente fue nominada a los premios “Lola Mora” por su aporte a la cultura de Salta.

Vestida siempre de negro y con su pelo rubio, es imposible que pase desapercibida en las calles de nuestra ciudad. Tiene la voz afable y aunque está radicada en Salta desde hace más de veinte años aun le cuesta expresarse correctamente en castellano. Hay un dejo de lejana tristeza en sus ojos, pero sus palabras son dulces y firmes, como un acorde que siempre suena bien.

Aquí te contamos la increíble historia de una mujer formada y educada bajo el régimen comunista en plena guerra fría, pero que supo sacar provecho de aquella rigidez y convertirla en pasión por la música y amor al prójimo.

 

“Nací, me crié y formé en Tbilisi (Tiflis, según Wikipedia, la capital de Georgia, ex URSS). El nombre de la ciudad significa 'tibio', ya que muy cerca de allí hay unas aguas termales famosas que fueron usadas por reyes y zares desde hace mucho tiempo. Georgia está al sur de Rusia y al norte de Turquía, Azerbayán y Armenia, y en el este tiene costas sobre el mar negro; la mitad del país es montañoso y la otra mitad es más bien subtropical.  En algunos aspectos es parecido a Salta, ya que la capital está en un valle rodeado de montañas”.

 

Habla con voz pausada y tranquila, nos cuenta con emoción la historia y geografía de su tierra natal. Continúa:

 

“Mi país viene de una interminable sucesión de guerras y conflictos. Lamentablemente ha habido problemas con rusos, turcos, mongoles a lo largo de los siglos, como creo que ocurre con todos los países que comparten fronteras en todo el mundo. Después de la revolución bolchevique de 1917, las 15 naciones independientes (Lituania, Estonia, Uzbekistán, etc.) se anexaron a la Unión Soviética, pero luego de la caída del muro de Berlín en 1989 volvieron a separarse e independizarse. Desde ese momento todos estos países dejaron de estar bajo el protectorado de Rusia y tienen autonomía, pero a la vez han tenido muchas dificultades para salir adelante”.

 

Durante la charla que sigue, veremos cuánto influyó en su vida los hechos acaecidos en 1989 luego de la Perestroika. Indagamos sobre su infancia y comienzos musicales.

 

“Vengo de una familia de clase media, o media-baja más bien, pero en casa nunca faltó nada gracias a Dios. Mamá era cantante lírica y trabajaba en el Coro de Cámara de la Ciudad y papá, que tocaba varios instrumentos, era instructor deportivo y trabajaba todo el día también, nunca estaban en casa. Tengo una hermana, Manana Iordanishvili, también con una vida dedicada a la música y actualmente solista de la Ópera Nacional de Georgia. Nosotras vivíamos solas con mi abuelo, un hombre muy sabio y trabajador que apenas podía cuidarme. Yo siempre fui muy independiente e inquieta, nunca causé problemas. Recuerdo que en un rincón de la casa había un piano, una reliquia que aún se conserva, y siempre me sentí atraída por poder tocarlo”.

 

Se emociona al contar la historia y adivino que ella fue muy feliz en aquella época.

 

“Lo que yo sentía en ese momento era libertad, libertad para hacer mis cosas y explorar el mundo. Entonces con sólo dos años me acercaba al piano y empezaba a tocarlo... primero con un solo dedo (muestra el índice de su mano izquierda), luego con toda la mano, luego con ambas. A los tres años podía tocar una pieza musical en el piano con las dos manos, fui autodidacta de la música desde muy chiquita y nunca más me alejé de ella”.

 

De donde sacabas las melodías, en qué te inspirabas?

“Ahhh, no te había contado eso! También había un televisor, un viejo aparato en blanco y negro donde se veía una señal moscovita y otra georgiana. Imaginate que eran los años sesenta y el pleno apogeo de la propaganda soviética donde mostraban lo mejor que tenían: música clásica del más alto nivel, las orquestas sinfónicas, óperas, ballets y toda la excelencia que generaba la cultura socialista de la época. Además había lecciones de matemática, biología y de todas las ciencias. Aunque parezca increíble, toda mi formación intelectual comenzó en aquellas clases magistrales frente a un TV. Eso también me permitió aprender a hablar el idioma ruso, que es completamente diferente al georgiano”.

“Mi sueño es construir un edificio donde los niños con menores posibilidades aprendan música, un verdadero conservatorio para quienes más lo necesitan. No quiero nada para mí, sólo sueño con dejar este legado para las futuras generaciones”.

Qué conocías de la cultura occidental?

“También veíamos películas del cine, recibí mucha influencia del neorrealismo italiano, no sólo sus historias trágicas sino también maestros como Nino Rota y otros. Entonces apenas terminaban las películas yo me iba al piano y trataba de reproducir aquellas maravillosas piezas musicales antes de olvidarlas... absorbía todo lo que veía y nunca más lo olvidé! Recuerdo que los fines de semana venían mis tías solamente a verme tocar, dónde está nuestra pequeña Mozart?, decían...” (risas).

 

Cómo llegaste al violín?

“Una tarde estábamos en casa y de pronto escucho en la TV “Rondo capriccioso” (N. de la R: obra para violín y orquesta escrito en 1863 por Camille Saint-Saëns), que estaba siendo tocada por Marina Jashvili, hermana de Nana Jashvili -quien sería mi futura profesora- y a la vez discípula del gran maestro Leonid Kogan. En ese instante le dije a mi mamá: “Me encanta este instrumento, yo quiero tocar así!”. Se podría decir que a esa edad ya tenía desarrollado mi oído musical por eso supe inmediatamente que quería estudiar ese instrumento, me quedé enamorada de su sonido. Yo tenía 5 años en ese momento, así que hice mi escuela primaria en paralelo con los estudios de violín. A los 18 había completado mis estudios y también era profesora de violín: mi mamá siempre quiso que yo sea médica y papá insistió todos estos años en que sea deportista (Inga practicó patinaje sobre hielo y vóley a nivel semiprofesional también), pero finalmente todos estos años de dedicación y mi gusto por la música se terminaron imponiendo”.

 

Así comenzaste tu vida profesional y familiar..?

“Naturalmente empecé a trabajar inmediatamente, porque Tbilisi es una ciudad mediana en donde todos nos conocíamos y ya empecé a lograr cierto reconocimiento. Apliqué para una audición y obtuve un puesto en la Sinfónica y trabajaba además en dos cameratas. A los 20 años conocí al padre de mis hijos, un guitarrista muy virtuoso, y fruto de esa unión nacieron mis hijos mayores: Irena y Aleksandre. Aunque finalmente la relación no funcionó, fue una buena época para nuestro desarrollo laboral y profesional, más o menos entre los años ‘84 y ‘89. Tuve la inmensa satisfacción de que los chicos también tomaron gusto por el violín, y a los 8 y 9 años llegaron a lograr el primer puesto en un concurso internacional en Moscú, realmente una proeza!”.

 

Qué ocurrió luego?

“Sin duda la caída del muro de Berlín en 1989 producto de la “perestroika” de Gorvachov nos afectó tremendamente, cambió todo para todos. Si bien Georgia se independizó de la Unión Soviética y eso fue una buena noticia, nuestro camino como nación recién nacida fue realmente difícil y creo que lo sigue siendo. Se desarticularon los organismos estatales como las sinfónicas y ballets, y todos los músicos empezamos a trabajar en bares o donde se podía, inclusive muchos colegas dejaron de tocar, fueron épocas terribles. Sin embargo la vida me dio una nueva oportunidad y conocí a una nueva pareja con quien tuve dos hijos más: Eteri y Sandro.

 

Pudiste rearmar tu vida..

Sí, pero lamentablemente él falleció cuando el menor, Sandro, tenía sólo siete meses y así fue que me quedé sola con cuatro hijos. Fueron épocas realmente difíciles pero siempre me mantuve muy positiva, era capaz de dar todo por mis hijos como cualquier madre, así que seguí adelante”.

 

Cómo llegaste a Salta?

“En la época que te conté que salía a tocar en donde se podía, conocí a mi actual pareja Viktor Muradov. Tocábamos en el mismo lugar y nos turnábamos durante toda la jornada, trabajábamos en un espacio parecido a éste sin parar (Se refiere al hall del Hotel Alejandro I, donde se lleva a cabo la entrevista), tocando el violín o el piano. Así nos fuimos enamorando y establecimos una relación, pero yo le decía ‘No te enamores de mí Viktor, ya tengo 4 hijos!’ (risas). Pero resulta que por la crisis varios músicos amigos empezaron a emigrar a distintos lugares del mundo y varios de ellos llegaron a Mendoza, donde se estaba formando una sinfónica. Ellos se enteraron a la vez que Salta estaba formando la suya y se necesitaban músicos, así que Viktor fue el primero que se vino a probar suerte y quedó como asistente de concertino. Era el año 2001 y por más que me alegró la oportunidad que tuvo él, fue un poco decepcionante para mí, otra vez sola y con los 4 chicos tratando de sobrevivir con mi instrumento. Un día estaba tocando en aquel lugar y me dicen: ‘Inga, te están llamando por teléfono desde el exterior!’; fui a atender sorprendida y era él, que me decía que había vacantes en la Sinfónica de Salta y que me viniera inmediatamente. Fue una decisión muy difícil porque tenía que dejar a los chicos solos con mi mamá, mi hermana, los tíos y otros familiares, pero junté fuerzas y me vine.. Honestamente aún no sé cómo me animé!!”.

“En Salta existieron siempre grandes músicos, es un privilegio llegar a este lugar donde la cultura está muy bien considerada. Nosotros aportamos sólo unos granos de arena en este mar de talentos”.

Cómo te recibió Salta?

“Salta me recibió y me trató muy bien durante estos 20 años, creo que nací de nuevo en este lugar y ya me siento una salteña más. El problema que tuve al principio fue que extrañaba a mis hijos, me la pasaba llorando todo el día. Un día venía caminando por la plaza 9 de julio y me crucé con el maestro Jorge Lhez y me preguntó qué me pasaba, le dije que se me estaba haciendo muy difícil y que quería volverme a Georgia. Ahí nomás se dio la vuelta y me llevó a la Casa de la Cultura donde pidió una audiencia urgente con Eleonora (N. de la R: Eleonora Rabinowicz de Ferrer, entonces Secretaria de Cultura y hacedora en gran medida del proyecto de la Sinfónica). Le expuso mi problema y ahí nomás ella se puso en campaña para que mis hijos vengan a Salta también. Obviamente, el hecho de que los mayores fueran músicos experimentados ayudó muchísimo porque también obtuvieron un lugar en la Sinfónica, aunque por supuesto tuvieron que rendir los exámenes correspondientes. Fue una alegría tremenda para mí, y quiero agradecer a todos los que hicieron posible que ocurriera ese milagro, especialmente al entonces director Felipe Izcaray y al ex Gobernador Juan Carlos Romero. También es necesario recordar el papel fundamental que cumplió el Ministerio del Exterior en la figura de Roberto Ibarguren y la secretaria Victoria del Valle”.

 

Cómo hiciste para convencer a los chicos de que se vinieran?! Ya eran grandes y les debe haber costado...

“Les dije que este era un lugar maravilloso y con buen clima, que volveríamos a estar todos juntos y que aquí había un ‘Lago de los cisnes’ (N de la R: cuento de hadas-ballet encargado por elBolshói en 1875, con música compuesta por el célebre Tchaikovski). Cuando vinieron los llevé al Parque San Martín y me dijeron ‘pero mamá, estos no son cisnes, son patos!’ (risas)”.

 

Y cómo fueron estos 20 años en Salta?

“La verdad es que pude comenzar una nueva vida y salir adelante, me siento feliz por eso. Además de permanecer en el cuerpo estable de una institución muy respetada en todas partes como la Sinfónica de Salta, he podido llevar adelante otros proyectos personales. Formé la Fundación Camerata Stradivari y también la misma Camerata, un grupo de músicos de altísimo nivel con el que viajamos con frecuencia representando a Salta. También enseñamos con Viktor en la Escuela Superior de Música, en la orquesta infanto juvenil de Jujuy y tocamos en eventos para generar algunos ingresos. Además durante todos estos años di clases particulares de violín a decenas de chicos que recibieron de mí no sólo la enseñanza de cómo se toca un instrumento delicado como el violín sino también pude darles muchísimo amor, y sobre todo disciplina. Me siento orgullosa de poder trasmitir valores que van más allá de la música, porque las personas somos seres integrales y debemos ser medidos en la totalidad de nuestras aptitudes. Por otro lado, estoy enseñando a chicos de los barrios y que tienen pocas posibilidades, creo que la música debe llegar a todos los rincones de la sociedad, más allá de los inconvenientes”.

 

Entonces pudiste cumplir tus sueños finalmente..

“Creo que sí, siento que me siento realizada en mi carrera. Es muy curioso porque apenas conocía la Argentina, ahora me siento un poco avergonzada de esto pero la verdad es que teníamos muy poca información. Por supuesto que yo admiraba a Carlos Gardel, Lolita Torres y a Sandro, los conocí a través de la TV soviética y son unos genios incomparables!! Y también a Maradona..cómo lloré en aquella final del ´90!!. En todo el mundo se conoce y admira a Maradona, en Georgia es un ídolo. Pero bueno, aquí estoy, con tantos años aquí en Salta que ya soy abuela. Vuelvo a insistir en que creo que pude lograr algo fundamental, que es transmitir una forma de ver la música que tiene que ver con mis orígenes: la excelencia, la disciplina, los valores personales.”

“Yo siempre digo que la belleza va a salvar el mundo, y no sólo hablo del éxtasis de tocar una pieza de Mozart o de Brahms.. Pienso en mí como mujer y trato siempre de estar presentable y bien vestida, creo que es un pequeño aporte a crear un mundo que sea bello, arreglado, armónico”.

Entrevista y foto de tapa: Carlos Maria Vergara

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